Del nombre y su raíz
«Aquilare» — el lugar donde el águila tiene su morada
Antes de que hubiera linaje hubo paisaje, y antes que paisaje hubo palabra. Aguilar es topónimo y patronímico a la vez: nombre que primero designó un sitio y, andando el tiempo, también a quienes de él procedieron. Su raíz hunde mil años de historia en el latín aquila — águila — del cual deriva aquilare, voz que en romance castellano significa, en su sentido más antiguo, «lugar habitado por águilas» o «aguilera, peñasco escarpado donde anidan las aves rapaces».
De ahí que en la geografía hispana se cuenten más de una decena de villas, peñas y castillos que llevan tal nombre: cada uno fue, alguna vez, lugar elevado y agreste donde las águilas reales tenían sus aguijones. Cuando los hombres tomaron de esos parajes su residencia, también tomaron el nombre, y así nació el linaje.
En las cancillerías más antiguas del reino la voz aparece escrita con variaciones — Aguilar, Aguillar, Aguylar, d'Aguilar —, y aun florecen sus hermanas en lengua catalana (Aguilar) y portuguesa (Aguiar), todas hijas de la misma raíz latina y del mismo cielo poblado de águilas.
En los días de la Reconquista
Cuando los reyes cristianos ganaban tierras y los soldados ganaban nombre
El origen de este linaje ha de remontarse a los lejanos tiempos de la Reconquista española, cuando los ejércitos cristianos avanzaban sobre las tierras ibéricas que durante casi ocho siglos habían sido gobernadas por los musulmanes. Aquellos tiempos no fueron de orden ni de paz: eran tiempos de espada, de fuero y de cruz.
En las huestes de los reyes cristianos servían soldados que, tras tomar plaza fuerte o haber resistido en el campo, eran premiados con solares y porciones de terreno, frecuentemente acompañados de privilegios y exenciones. Por aquella merced eran elevados a la categoría de hijosdalgo, esto es, de nobles de sangre, y desde aquel día sus descendientes podían ostentar armas, fueros y memoria.
Fue así, en aquel cruce entre la guerra y la merced real, cuando los hombres de un determinado solar comenzaron a ser conocidos por el nombre del lugar de donde procedían. Los señores de Aguilar — los que habían tomado o repoblado las peñas donde anidaban águilas — se llamaron, sencillamente, de Aguilar. De señorío pasó a apellido, y de apellido pasó a estirpe.
El solar primitivo: Aguilar de Campoo
La casa solar — Palencia, Reino de Castilla
La primera casa de este linaje, según concuerdan los cronistas y los reyes de armas, radicó en la villa de Aguilar de Campoo, en el norte de la actual provincia de Palencia, al pie de la Montaña Palentina y junto al río Pisuerga. La villa misma es testigo geológico del nombre: se asienta al amparo de un peñón escarpado donde, ciertamente, anidaban águilas.
El primer testimonio escrito de su existencia data del año 1039, en una donación al monasterio de Santa María. Sobre un antiguo castro celtibérico, los señores de la casa levantaron entre los siglos XI y XII el castillo de Aguilar de Campoo, que sería reformado en el siglo XIV y vería pasar por sus salas a reyes de Castilla — entre ellos, muy probablemente, Alfonso X el Sabio y, ciertamente, Pedro I.
El 14 de mayo de 1255, el propio Alfonso X otorgó a Aguilar el Fuero Real y la condición de villa realenga, es decir, sujeta directamente a la corona, lo cual la convirtió en cabecera de una de las diecinueve merindades menores del Adelantamiento Mayor de Castilla. Desde aquel solar, los descendientes de la primera casa se extendieron por todos los reinos hispánicos.
A escasa distancia del castillo se levanta el Monasterio de Santa María la Real, encomendado en 1169 por el rey Alfonso VIII a la orden de los Premostratenses. Aquel cenobio románico, cuya iglesia abacial fue consagrada en 1222, fue durante siglos el corazón espiritual de la villa y guardó la memoria escrita del linaje en sus códices.
- 822Monjes benedictinos fundan un primer monasterio en la villa.
- 1039Primer documento escrito que menciona Aguilar.
- S. XI–XIIEdificación del castillo sobre un castro celtibérico.
- 1169Alfonso VIII entrega Santa María la Real a los Premostratenses.
- 1222Consagración de la iglesia abacial por el obispo de Burgos.
- 1255Alfonso X otorga el Fuero Real y condición de villa realenga.
- 1482Los Reyes Católicos elevan el señorío a Marquesado de Aguilar de Campoo.
Las ramas del árbol
De Castilla, los caballeros se derramaron por toda la península
Pronto el solar de Aguilar de Campoo no bastó para contener a tantos hijos y nietos. Algunos partieron en hueste real, otros casaron con casas de otros reinos, y otros más buscaron tierras nuevas que repoblar. De este modo, del tronco común brotaron ramas vigorosas que arraigaron en todos los reinos hispánicos.
Navarra
Caballeros que sirvieron a los reyes de Pamplona y dejaron casa fuerte al norte del Ebro.
Aragón
Solares en torno a la frontera turolense y la Vega del Jiloca.
Cataluña
Línea documentada con Francisco de Aguilar, mayordomo de Pedro III (1239–1285).
Valencia
Caballeros instalados tras la conquista de Jaime I el Conquistador.
La Rioja
Hidalgos asentados en torno a Logroño y Calahorra.
Asturias
Línea septentrional, junto al solar palentino original.
Galicia
Rama atlántica, hermanada con la lusa de los Aguiar.
Toledo
Otra raíz: el caballero mozárabe Men Gómez Ibáñez, en tiempo de Alfonso VI, tronco común con los Aguiar.
No fue todo el linaje, pues, una sola sangre venida de un solo lugar: confluyeron en el apellido los hijos del solar palentino, los caballeros mozárabes que sirvieron en la corte de Toledo, y aun otros caballeros catalanes y aragoneses que, por habitar en sus propios aguilares, asumieron el nombre. Mas todos, en último término, evocan la misma imagen: la peña escarpada y el águila que la corona.
Aguilar de la Frontera
La gran rama andaluza, en la frontera con Granada
Más al sur, donde los campos de Córdoba se vuelven olivares y donde por siglos se libró la frontera con el reino nazarí de Granada, otro Aguilar adquirió fama y armas: Aguilar de la Frontera, villa cordobesa cuya casa nobiliaria fundó una segunda gran rama del apellido.
De ella procedieron los señores de la Casa de Aguilar, una de las casas castellanas más poderosas en el siglo XV, cuyo más célebre miembro fue don Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Priego, y su sobrino el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba — éste último genio militar de los Reyes Católicos en las guerras de Italia.
El nombre de Aguilar, por tanto, no señala a una sola sangre sino a dos vertientes principales: la norteña, que mira hacia los reinos cántabro-pirenaicos desde Aguilar de Campoo; y la andaluza, que mira hacia Granada y, después, hacia el mar y las Indias.
La heráldica del linaje
«De oro, una águila de sable» — armas registradas en la Real Chancillería de Valladolid
El solar primitivo de Aguilar de Campoo, del que procedieron casi todas las casas del linaje, traía por armas, según las antiguas cartas de hidalguía y los blasones recogidos por los reyes de armas: en campo de oro, una águila de sable. Esto es: el escudo es enteramente dorado, y en él figura una sola águila de color negro, las alas extendidas y la cabeza vuelta — el águila explayada en lenguaje heráldico.
La elección no fue casual. En las leyes y costumbres heráldicas que se fijaron en los siglos XII y XIII, cada metal, esmalte y figura tenía su significado preciso, y el escudo entero era una declaración de identidad y propósito.
| Elemento | Lectura heráldica |
|---|---|
| Oro (campo) | Nobleza, magnanimidad, riqueza, poder, esplendor solar y luz divina. |
| Sable (águila) | Prudencia, ciencia, honestidad, firmeza y dolor sufrido por la fe. |
| Águila | Generosidad, magnanimidad, vista penetrante, dominio del cielo. Símbolo del César y de los reyes. |
| Posición explayada | Águila de alas abiertas — máxima vigilancia, dominio territorial. |
Tal es el blasón antiguo. Las distintas casas y ramas, andando el tiempo, lo modificaron con bordaduras, contraseñas y partidos diversos — pero el águila sable sobre campo de oro es, hasta hoy, la divisa que une a todos los Aguilar de tronco castellano. Personas con este apellido probaron su nobleza ante la Real Chancillería de Valladolid, y sus armas fueron certificadas por los cronistas y reyes de armas de la corona.
El Marquesado de Aguilar de Campoo
Reyes Católicos, año del Señor de 1482
El 1 de noviembre del año 1482, los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, en compensación por leales servicios, otorgaron a don Garci Fernández Manrique de Lara, III conde de Castañeda, V señor de Aguilar de Campoo y Chanciller Mayor de Castilla, el título de Marqués de Aguilar de Campoo. Así, el viejo señorío de los caballeros de la peña pasó a ser uno de los marquesados más antiguos y prestigiosos de Castilla.
El título fue heredado por la poderosa Casa de Manrique de Lara — la misma de la que descendía Jorge Manrique, autor de las Coplas a la muerte de su padre —, y sus titulares emparentaron por matrimonio con los condes de Haro, los duques de Benavente y los duques de Medinaceli. Ocuparon altos oficios en la corte de los Reyes Católicos, de Carlos I y de Felipe II.
El marquesado existe aún hoy, conservado por la grandeza de España, y el palacio renacentista de los marqueses todavía se levanta, restaurado, en la villa palentina que les dio nombre.
Sello de cera roja con la inicial del linaje
La rama sefardí
El apellido entre los hijos de Sefarad
No todo Aguilar fue cristiano viejo. El nombre, por su carácter toponímico y por la convivencia secular de las tres religiones en los reinos de Castilla, Aragón, Portugal y Navarra, fue también adoptado por familias judías que vivieron en villas o barrios llamados Aguilar.
Tras los Edictos de Expulsión de 1492 (Castilla y Aragón) y 1496 (Portugal), muchas de aquellas familias hubieron de partir al exilio llevando consigo el apellido Aguilar — a veces como tal, a veces hispanizado o, a la inversa, aljamiado en hebreo. Se establecieron en los Países Bajos (especialmente en Ámsterdam), en el Imperio Otomano (Salónica, Constantinopla, Esmirna), en el Magreb y, andando el tiempo, en las colonias del Nuevo Mundo y en Inglaterra.
De entre estas familias destacó en Londres, ya en el siglo XVIII, el linaje de los Aguilar de la sinagoga sefardí Bevis Marks, y de él descienden personajes como la escritora victoriana Grace Aguilar (1816–1847), pionera de la novela histórica anglo-judía. Así, un mismo apellido — nacido en una peña castellana — se halló más tarde en sinagogas de Ámsterdam, Salónica y Londres, sin perder su raíz.
Cruzando el océano: a las Indias
Conquistadores, gobernadores y cronistas en el Nuevo Mundo
Apenas descubierta América, los Aguilar tomaron parte activa en la conquista y poblamiento del Nuevo Mundo. Cuando los reinos hispánicos volcaron sus fuerzas allende el océano, varios hombres de este apellido atravesaron el mar — algunos como soldados, otros como letrados, otros como religiosos — y dejaron huella en las primeras crónicas del continente recién descubierto.
Jerónimo de Aguilar — el náufrago intérprete
El más célebre de todos fue Jerónimo de Aguilar (c. 1490–1531), diácono andaluz nacido en Écija. En 1511 se embarcó en el Darién, en la nao Santa María de Barca, junto al capitán Valdivia rumbo a Santo Domingo. El 15 de agosto de aquel año, la nao naufragó en los bajos de los Alacranes, cerca de Jamaica. Solo unos veinte hombres alcanzaron a embarcarse en un bote sin agua ni vela, a la deriva, y tras casi dos semanas de hambre y sed solo ocho llegaron — moribundos — a la costa de Yucatán.
Allí fueron capturados por los cocomes, una tribu maya. Sus compañeros fueron sacrificados o murieron de fatiga. Únicamente Jerónimo de Aguilar y otro náufrago, Gonzalo Guerrero, sobrevivieron. Aguilar, dicen las crónicas, vivió aquellos ocho años de cautiverio guardando su breviario y rezando las horas canónicas, sin renunciar a su fe ni a su lengua, mientras aprendía la lengua maya. Guerrero, en cambio, se convirtió en jefe maya, se casó y prefirió quedarse para siempre con su nueva familia.
En marzo de 1519, cuando la flota de Hernán Cortés desembarcó en Cozumel, Aguilar — que había oído rumores de barcos extraños en la costa — caminó descalzo hasta la playa y se presentó ante los castellanos. Cortés, al verlo, le preguntó si era español. Aguilar respondió que sí, y entonces, dice Bernal Díaz del Castillo, lloró de gozo. Desde aquel día se convirtió en intérprete de la conquista: él hablaba castellano y maya; doña Marina (la Malinche) hablaba maya y náhuatl. Por aquella cadena de dos lenguas, Cortés pudo tratar con los embajadores de Moctezuma. Sin Aguilar — diría más tarde un cronista — la conquista de México hubiera sido muda.
Aguilar acompañó a Cortés en la Noche Triste, en la batalla de Otumba y en la toma de Tenochtitlán. Luego se le concedieron tierras en Nueva España y vivió hasta cerca de 1531, cuando murió en la Ciudad de México.
Marcos de Aguilar — gobernador de Nueva España
Otro Aguilar de relieve fue el licenciado Marcos de Aguilar (¿?–1527), nacido en Sevilla, quien había sido Inquisidor de las Indias y alcalde mayor de Santo Domingo. En 1526 acompañó a Luis Ponce de León en la misión de tomarle residencia a Cortés. Cuando Ponce de León murió poco después de llegar, le entregó el gobierno a Aguilar, quien asumió la gobernación de Nueva España el 16 de julio de 1526. El cabildo de México, partidario de Cortés, primero le rechazó; pero Aguilar, hombre de carácter, impuso su autoridad. Murió el 1 de marzo de 1527, dejando el gobierno a Alonso de Estrada y a Gonzalo de Sandoval.
Fray Francisco de Aguilar — el cronista dominico
También figura entre los conquistadores Alonso de Aguilar (1479–1571), que tomó parte en la expedición de Cortés a los cuarenta años de edad, fue testigo de la caída de Tenochtitlán y, ya pasada la cincuentena, dejó las armas y entró en la Orden de Predicadores con el nombre de fray Francisco de Aguilar. Pasó casi un siglo de vida; y siendo octogenario, persuadido por sus hermanos dominicos, escribió la Relación breve de la conquista de Nueva España, una de las crónicas más sobrias y precisas de aquellos tiempos. El manuscrito original se conserva hasta hoy en la biblioteca del Monasterio de El Escorial.
Otros Aguilar pasaron luego a Centroamérica, al Perú, al Río de la Plata y a Chile. Algunos eran caballeros del solar palentino o del cordobés; otros, hidalgos llanos buscando suerte; otros más, judeoconversos huyendo del Santo Oficio. Todos contribuyeron a difundir el apellido por todo el continente americano, donde hoy reside la mayor parte de quienes lo portan.
Tierra del Cacique Garabito
Los Aguilar en la historia de Costa Rica — de la provincia colonial a la república
Cuando los castellanos cruzaron el itsmo y plantaron sus reales en el valle del Guarco, fundando Cartago en 1563 bajo Juan Vázquez de Coronado, traían consigo lengua, fe, fueros y apellidos. Entre estos últimos vino el de Aguilar, y echó raíces tan hondas en la pequeña y trabajosa Provincia de Costa Rica que con los siglos se ha vuelto uno de los apellidos más extendidos del país. Su historia local se cuenta — como toda buena historia costarricense — sin grandes batallas pero con muchos hombres y mujeres trabajadores: maestros, gobernantes, soldados, agricultores y forjadores de instituciones.
Padre Diego de Aguilar — el primer maestro
Don Diego de Aguilar
Presbítero · Cartago · 1594 – 1623
El más antiguo Aguilar documentado en suelo costarricense fue el presbítero don Diego de Aguilar, sacristán mayor de la parroquia de Cartago, quien en el año 1594 abrió y dirigió la Escuela Comunal de Costa Rica — la primera escuela elemental que existió en el país. Por la pluma del obispo Bernardo Augusto Thiel sabemos que aquel buen sacerdote, ya entrado en años, prefirió renunciar a otros cargos eclesiásticos para dedicarse de lleno a la enseñanza, y continuó al frente de su escuela hasta 1623, casi treinta años seguidos.
Por mérito de aquel apostolado pedagógico — sostenido en una provincia tan pobre que apenas tenía papel ni tinta —, se le ha concedido con justicia el título de «primer maestro de Costa Rica». Con él, las primeras letras y los primeros números entraron en la pequeña ciudad colonial entre los faldeos del volcán Irazú.
Don Manuel Aguilar Chacón — Jefe de Estado
Don Manuel Aguilar Chacón
San José, 1797 – 1846 · Jefe de Estado 1837–1838
Ya en plena república, otro hombre del linaje ocupó la primera magistratura del país. Don Manuel Aguilar Chacón, nacido en San José el 12 de agosto de 1797, fue Jefe de Estado de Costa Rica desde el 17 de abril de 1837 hasta 1838, electo por el Congreso. Su breve gobierno se distinguió por leyes a favor de la moralidad pública, la promoción de la educación y la apertura de caminos — tres preocupaciones que serían, andando el siglo, los pilares mismos del proyecto nacional costarricense.
Derogó el polémico decreto de Braulio Carrillo que pretendía trasladar la capital al cantón hoy conocido como Tibás. Un golpe militar de los seguidores de Carrillo lo derrocó y desterró en 1838, pero más tarde fue rehabilitado y sirvió como Delegado de Costa Rica ante la Dieta Centroamericana. Murió en San José el 6 de junio de 1846.
Coronel Nicolás Aguilar Murillo — Héroe Nacional
Coronel Nicolás Aguilar Murillo
Barva, 1834 – 1898 · Héroe Nacional
De la villa de Barva, en los faldeos del volcán homónimo, salió uno de los nombres más altos del Aguilar costarricense: Nicolás Aguilar Murillo, agricultor y soldado, declarado Héroe Nacional de Costa Rica por la Asamblea Legislativa en 1892 y ratificado de nuevo el 30 de septiembre de 2013. Tenía veintidós años cuando se enlistó en el ejército que acababa de partir a defender la patria de los filibusteros de William Walker, en la Campaña Nacional de 1856–1857.
En la Batalla de La Trinidad, el 22 de diciembre de 1856, frente al fuerte filibustero del río San Juan, recobró un cañón enemigo dando muerte al centinela y batiéndose, durante varios minutos, él solo contra fuerzas superiores. Participó después en la captura de los vapores Ogden, La Virgen y San Carlos — golpe naval que privó a Walker del control fluvial y precipitó su derrota. Ascendió hasta coronel y, en 1892, durante el gobierno de Rafael Iglesias Castro, se le otorgó una medalla y una pensión vitalicia en justo reconocimiento.
De la provincia colonial a la república pujante
Detrás de estos tres nombres ilustres se extiende, anónima pero inmensa, la multitud de hombres y mujeres con apellido Aguilar que ha contribuido a construir Costa Rica desde sus días de provincia colonial pobre — la más alejada y olvidada del Reino de Guatemala — hasta el país democrático, alfabetizado y de instituciones sólidas que existe hoy.
Aguilares hubo entre los conquistadores que poblaron Cartago en el siglo XVI; entre los cabildantes y vecinos de razón de los pueblos de la Meseta en el XVII y XVIII; entre los próceres de la independencia de 1821; entre los cafetaleros que abrieron la economía nacional en el XIX; entre los maestros, médicos, sacerdotes, jueces, comerciantes y agricultores que sostuvieron la república; y, en nuestros días, entre los ingenieros, profesores, funcionarios públicos, artesanos y pequeños empresarios que mantienen viva la vocación esforzada y trabajadora de este pueblo.
Costa Rica es un país pequeño que ha hecho mucho con poco — abolió su ejército en 1948, alfabetizó a su pueblo, conserva sus bosques, recibe al mundo. En esa historia silenciosa pero pujante y esforzada, el apellido Aguilar es un hilo continuo: la misma águila castellana que en el siglo XV anidaba en la peña palentina, hoy mira desde los volcanes del valle central hacia los dos océanos.
El apellido en nuestros días
Distribución contemporánea del linaje
Mil años después del primer documento que mencionó la villa de Aguilar, el apellido se ha vuelto uno de los más extendidos del orbe hispánico. Según los censos modernos, ocupa el puesto 45 entre los apellidos hispanos más comunes del mundo.
Su mayor concentración se encuentra hoy en España — particularmente en Andalucía —, seguida de México, Argentina, Guatemala, Costa Rica y los Estados Unidos. Las ciudades del mundo con más apellidos Aguilar registrados son Barcelona, Madrid, Málaga, Sevilla, Ciudad de México y Los Ángeles.
Mas el apellido, en cualquiera de los confines a los que ha llegado, sigue evocando la misma imagen original: la peña castellana azotada por el viento, el águila de alas extendidas, y la antigua palabra latina que un día designó el lugar donde el águila tiene su morada.